Me falta el aire...

Siempre he dicho que me dan miedo las alturas. Evitó en lo posible cruzar hasta por un paso peatonal, pero cuando no queda otra me echo a correr, el aire me tranquiliza, pasa todo tan rápido que la sensación en la boca del estómago desaparece.

Y es que siempre digo que me dan miedo las alturas, pero en realidad es una sensación en el centro del estómago, ahí donde habita la voluntad.
En ese sitio, cuando estoy en lo alto, siento como se abre un hoyo que no tiene fin, pienso que así se ve el vértigo, profundo, oscuro, como si me comiera de adentro hacia afuera.
Pero de pronto, al sentirlo comienzo a experimentar otra sensación, un impulso difícil de controlar, una necesidad de volar intensa, tanto o más como intenso es el latir de mi corazón en ese instante.
Entonces, recapitulo y entiendo que lo que me da miedo no es la altura, sino ese impulso que siento y que intenta decirme que un día no voy a poder controlarlo y que me llevará inevitablemente a que todo mi ser sea atraído por la gravedad, como la manzana de Newton, para poder escapar de ser comida por aquel hoyo negro que se abre en mí.
Recuerdo esto cuando el domingo pasado estuve en la Torre Latinoamericana. Desde ahí no se ve Toluca, en efecto, tampoco Río de Janeiro, ni Perú, pero sí se ve la inmensidad de la ciudad más poblada del mundo, sus infinitas posibilidades y la pequeñez del ser humano.
Extraño fue sentirme ahí, en medio de aquel sitio que me fascina, me atrapa, extraño fue ver sus techos y su cielo y darme cuenta lo pequeña que soy, lo frágil y minúscula que es mi existencia ante tal espectáculo.
Me declaro amante de la tierra, del campo, es cierto, porque es ahí donde la grandeza se percibe; pero ver el asfalto desde aquel sitio me convocó la idea de pequeñez y entonces el equilibrio está completo, el péndulo se mueve.
Así, inmersa en esta idea, viendo al horizonte detenida de las rejas del lugar como niña que ve cómo se va volando su globo, vi los aviones, los edificios, la gente, un helicóptero, las luces, las calles, los coches, una ambulancia, un palacio, un mercado, varias iglesias, pero sobre todo vi el cielo, que de tan cerca me recordó que se puede seguir soñando sin que el miedo a volar me domine.

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Donde la locura es la única que sobrevive.
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